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martes, 17 de mayo de 2016

La música entra por los ojos

 En  la tarde del domingo , sin esperarlo, asistí  a un pequeño concierto en uno de los entornos más bonitos de mi ciudad. No de los más, es mejor decir en  uno de ellos,  porque mi Toledo es bello de suyo, sin competencias.


Al aire libre, dentro de unos jardines esmeradamente cuidados ,cuyo entorno, durante el último fin de semana estaba abierto para el público de a pie, por la razón que ahora no viene a que.

El evento agradable, sin pretensiones;  la melodía, sin ser mala, no es lo que me lleva hoy a escribir.

La música tiene la cualidad de dejarte hacer otra actividad mientras aprecias los sonidos cadenciosos  cuando estos no son de una dificultad extrema en los que tengas que poner tu máxima atención.  Muestra de ello  es, que yo ahora  ,por recomendación de un amigo, mientras “aporreo  las teclas”, escucho hacer lo mismo a Jamie Cullum  (¡qué paralelismo más oportuno !) .

De entre todas las actividades posibles que  el lugar te ofrecía, desde beber sangría en vaso de plástico, que no desprecié, hasta  la posibilidad de comer en varios food truck, elegí, vasito en mano, mirar a la gente.

Que digo yo que esto del food truck no es otra cosa que  los antiguos puestos de feria pasados por el tamiz del “postureo”; como si   un bocadillo de rabas fuera mucho más  sabroso si te los preparan en una furgoneta “vintage”, que si un camarero a “grito pelao” cantara: -“Uno de calamares”.
 Bueno, vale.. el romanticismo de la trashumancia culinaria……
¡Qué no!..Qué vi aparcado el remolque encargado de transportar a  uno de esos “vehículos cocineros”;  ¡qué no recorren ni un metro por ellos mismos!  y seguro que ni tienen motor, es todo fachada.

A estas alturas, este tal Jamie Cullum ya me levanta dolor de cabeza, cambiaré  a  Putumayo World Music, da igual todos son buenos, Women of jazz  por ejemplo. Me desvío, subiéndome por las ramas de la tontería

 

Decía, que  me divierte enormemente imaginar la vida de cada uno con  una simple  mirada.

Pasa por mi alrededor, alguna dama de juventud prolongada  enfundada en un traje imposible; aprovechando la belleza de los jardines,  realiza con la cámara de su teléfono inteligente los reportajes de Comunión de su hija,  porque no esta la situación para ir tirando el dinero.
 La mamá deseosa de que aún la miren, está en su derecho,  se aprieta por arriba tanto , que literalmente sella  el espacio intra-mamario  no dejando pasar ni la menor brizna de aire para aventamiento de la zona.

El atuendo continua en una pieza hacia  abajo donde pudiera parecer , por la ausencia de faja, que la anatomía gozara de más albedrío;  las carnes en libertad fingida atravesadas por un hilillo  " ínter-nalgar" ( en nuestra sociedad esta más penalizado dejar que se te noten las bragas, que dejar que se te noten los mofletes inferiores), se embuten en un tubo dos tallas menor que lo saludablemente permitido.

Al igual que la “ Gipsy cabra “ subida en equilibrio inestable a una escalera, nuestra dama oteaba el horizonte sobre sus zapatos de esbelto tacón, dándole un gracejo especial a la hora de andar. Desde tan alta atalaya intentaba colocar el lazo de gasa del vestido inmaculado de su hija, para lo que tenia que agacharse con los pechos y nalgas amenazando huir de la opresión de su captor vestido.



El concierto continuaba; apoyando mi codo en una mesa de esas altas, propias de las terrazas y bares de copas, con mi vasito de plástico ya casi vacío de sangría, hago que sigo la música y que la conozco de sobras, para ello cierro mis labios , saco morritos, menos pronunciados que el duck face de las adolescentes en las redes sociales, y asiento con la cabeza acompasada al ritmo de la música. En otras mesas contiguas, descubro en personas de una edad parecida a la mía la misma cadencia, encontrándolos ridículos; paro e inmediatamente vuelvo a fijar mi vista en otro objetivo cercano.

Los niños, seguramente primos de la niña de Comunión, corretean y se arrastran por entre los parterres, (la misma palabra del francés lo dice, por tierra), sin respetar el hato nuevo comprado para la ocasión. Digo primos porque en estos eventos suelen venir, o yo así lo recuerdo. Debajo de mis pies, hay tres; de rodillas sobre el suelo adoquinado; y como yo, a la vez que escuchan la música, con un trozo de alambre intentan quitar uno de los adoquines raspando la arena de las junturas; los dejo hacer, y cuando ya están a punto de extraer su trozo de piedra, les recrimino la acción y marchan con cara de susto que les durará hasta que encuentren un nuevo entretenimiento, que espero que al menos por su bien no sea electrónico.

Y es que todos en mayor o menor medida tenemos insertados en nuestra vida algún que otro Chip, incluso yo; empezando el espectáculo musical, lo primero que hago es disparar una foto para mandarla rápidamente a las Redes Sociales  con el objeto de hacer mi propio “postureo” ante las amistades. En terminar de realizar este “ ejercicio social ”, tardo lo mismo que lo que dura una canción, pero al igual que yo, todos los asistentes  brazos en alto sujetando sus pequeñas maquinas hacen sus pequeñas crónicas.

Desde el punto de vista del artista debe ser desolador pensar que a tu público le interesa más la instantánea que su arte.

Aprovecho una parada de los músicos para rellenar mi vaso de sangría, en el trayecto me choco de sopetón con una pareja de conocidos que he intentado esquivar y que por causa de mi ansía bebedora me descubren en la larga cola del relleno etílico. Y es que ya se sabe “ de lo que no cuesta hay que llenar la cesta” y yo llenaré mi vaso un par de veces antes de lograr desembarazarme de esta simpática pareja. Son las típicas personas afables y buenas de las que me suena su cara pero no consigo recordar su nombre, saben de mi vida más que yo mismo y hago ingentes esfuerzos para que no se note mi falta de reciprocidad. No tengo escapatoria, con su mano derecha, uno de ellos, me da ligeros toques en mi antebrazo izquierdo cada vez que la atención por su conversación disminuye; el gesto de mi cara entre risueña y estreñida. Me salva el que mis interlocutores han encontrado otra persona conocida a la que torturar y aprovecho rápidamente para despedirme.

Ahora los músicos no tocan, están en el descanso, la sangría ha realizado su recorrido y pide paso para salir decolorada al exterior, lo que me obliga a buscar los excusados.
Otra larga cola eterna, y yo no tengo ya edad para hacer mis aguas menores entre los matojos; el tiempo de espera da para mucho y en estos casos lo ocupo en fantasear; hoy lo he hecho sobre la posibilidad de que a todos los concurrentes nos entrara ganas de mear al mismo tiempo. Sería divertido , y es un ejercicio que os propongo cuando os encontréis aburridos en sitios donde hay mucho personal y nada que hacer.

Acabada ya la aventura mingitoria vuelvo al sitio donde empecé mi atenta audición, comprobando que esta ocupado por cuatro personas que engullen mientras escuchan la música  como yo, unos chorreantes burritos comprados en aquellas odiosas caravanas que no atacaran nunca los apaches; decido ahora, cuando la cola ha disminuido y la pareja amiga ha desaparecido, rellenar de nuevo mi vaso.

A estas alturas veo las cosas con más benevolencia, miro extasiado las ondas que forman en el agua los adoquines lanzados con verdadera eficacia por los niños contra el río. Círculos concéntricos que partiendo del lugar del impacto viajan por entre las aguas hasta desbaratarse en la orilla.

Mi vaso vuelve a estar vacío, y me dirijo de nuevo a repostar, lo lleno por penúltima vez y al girar sobre mis pies derramo mi néctar de la felicidad sobre el escote de la dama de juventud prolongada; no ha ocurrido nada, el dulce jugo ha resbalado por el prieto canal tan deprisa que no ha dejado apenas rastro, aún así, yo he intentado amable y responsablemente poner remedio a mis entuertos con mi pañuelo sobre su escote. No entiendo como ha podido enfadarse tanto por un acto totalmente involuntario.

Para cuando consigo recostar mi hombro en lugar seguro, la música ha terminado.

Es hora de volver a casa, me encamino hacia el aparcamiento, lo primero que encuentro es el remolque que ahora lleva en sus lomos una  de las odiosas furgonetas, ni corto ni perezoso me orino por antipatía en una de sus ruedas; aliviado, comienzo la ardua tarea de buscar mi coche;  cuando consiga encontrarlo, espero  se haya disipado en mi la nebulosa bonachona que empapa mi mente.
http://www.cigarraldelangel.com



Por cierto, ¿Cómo se llamaba el grupo musical?

 ¿ Manchelos dices?

©Giliblogheces


Música de acompañamiento: 

1 comentario:

Blogger dijo...
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