jueves, 16 de febrero de 2017

En mi tierra no existe un pueblo

En mi tierra no existe un pueblo
de  calles ensortijadas,
 donde se pierde el silencio
y se ausentan las palabras.
En el cerro, una iglesia;
en el centro, una plaza,
por do pasean felices,
sueños en busca de calma.
La escuela vacía de niños,
los bancos llenos de charlas
de viejos  melancólicos,
ociosos de vida sana.
Un arroyo lo atraviesa,
de norte a oeste le baña,
donde antaño las mujeres,
blanqueaban sus coladas,
ahora con "el progreso"
no lo quieren ni las ranas.
Llegando el amado viernes,
como todas las semanas,
el caserío se transmuta,
en ciudad "culturizada"
por  los oriundos huidos
que regresan de escapada
de la gran urbe plomiza
que les saco de la nada.
Se echa un ojo a los parientes,
se da una vuelta a la casa.
Los domingos se va a misa,
en el bar se juega a cartas,
donde mentir es el juego
donde el que más miente, gana
enseñando a los paisanos
el dinero que les mana,
de un trabajo despreciable,
de una historia descastada,
de unos hijos sin valores
de una mujer desamada;
mas si cualquiera pregunta,
es mejor dar la callada.
El domingo por la tarde
como todas las semanas,
se despide a los parientes
se da una vuelta a la casa,
un, no te aflijas abuela,
un, te llamaré mañana,
un, aquí  tu estas mejor
un, si no te pasa nada,
conforman la despedida
como todas las semanas.
En mi tierra no existe un pueblo,
de calles ensortijadas.

©Giliblogheces


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